martes, 6 de mayo de 2008

EL ÚLTIMO POEMARIO DE PABLO GUEVARA

Mentadas de madre*, como los últimos poemas de Pablo Guevara, no se adecuan a los modos de hacer poesía característicos de los de su generación. Sus maneras de decir poéticos son distintos, como lo son también sus temas y como lo son los mundos representados. La poesía que hacían sus coetáneos o bien tendía a la autoreferencialidad, a la creación de universos imaginarios, o bien a la alabanza revolucionaria, en ambos casos hecha con un lenguaje y un léxico académicos, de diccionario y lejos de la experimentación vanguardista que procuraba la novedad mediante la inclusión de neologismos, en ocasiones del habla popular y lejos de presentar un universo cotidiano donde el cuerpo con sus transformaciones y corrupciones ocupa un lugar importante. La poesía de quienes comienzan a publicar a fines de los cuarenta y comienzos de los cincuenta tiene maneras circunspectas, sobrias, contenidas. Aunque, claro está, la poesía llamada social es más bien ampulosa y sonora. Pero siempre prudente en cuanto se circunscribe a los usos del buen decir y del bien versar. Esta es una poesía (la pura y la social) que bien Pablo Guevara habría llamado floral, de agradables aromas, de jardines burgueses y pequeño burgueses. Pero también poesía de juego de palabras, de metáforas sorprendentes y de estremecedores efectos, que convoca sensaciones finas como rudas y exaltadas pasiones. Poesía que repite viejos tópicos extendidos por todo el mundo y que forman parte de lo normal y de lo ordinario, aunque la poesía, es sin duda práctica discursiva singular en el universo de los discursos, práctica cuya finalidad es la búsqueda de lo nuevo en el lenguaje, de su alteridad, de su otro que lo cuestiona, o que lo interpela. En este horizonte, sin embargo, en el que la poesía se presenta como discurso de lo singular, la poesía de años cincuenta tiene una impronta normalizadora. Quizás una de sus características más saltantes sea su intención por ser sólo parte de la poesía. El ser poesía simplemente a secas. Frente a ello la poesía de Pablo Guevara se destaca por la intención de no contarse únicamente como poesía. Poesía pura o pura poesía. Particularmente a partir de ese inmenso libro que es La colisión, cuyo primer tomo tuve el placer de presentar hace más de siete años, la poesía intenta integrar otros discursos y busca a la vez desintegrarse como poesía en el sentido en que a menudo se la concibe y que la poesía de los años cuarenta y de los años cincuenta plasma. La poesía de Pablo Guevara en ese sentido se aproxima a un vacío, a un múltiple inconsistente, a los discursos que escapan a la pertenencia de lo poético, como ya lo había hecho Vallejo, como lo habían hecho también Martín Adán, Westphalen y Moro, internándose en el suelo movedizo de lo indecible y de lo impensable. Lo singular de la poesía de Pablo Guevara es el propósito de hacer de ella un discurso desenvuelto y llano, campechano y humorístico, que destierre su tono solemne y tieso. Se trata de una apuesta difícil, que no apunta a repetir la praxis desarrollada por los maestros. El poema siempre transcurre por los rieles de lo indecible, pero ahora en la poesía de Pablo Guevara enganchado en el habla profana de todos los días. La poesía de la primera parte del siglo XX nos ha acostumbrado a verla y pensarla como campo en el que se selecciona y purifica el lenguaje, los poemas de Pablo Guevara la hacen en cambio terreno de mezclas, pero no de turbidez, pues las mezclas no empañan ni ensucian, sino dan nuevo lustre al lenguaje.

Mentadas de madre, libro que Pablo Guevara nos ha dejado, evidentemente sin terminar, aunque en su caso todo texto tiene un carácter inconcluso, pues es siempre laboratorio de una experimentación interminable, es quizás su poema más personal y autobiográfico en el que precisamente se interna y explora más que en ninguno de sus otros libros en el campo del lenguaje que es, primero que todo, lenguaje materno. El título refiere a las injurias u ofensas dirigidas a alguien contra su madre, de acuerdo al DRAE. Pero con ese sentido presente, se halla a la vez el simple sentido de nombrar a la madre. Injuria y nombramiento. Es una combinación fuerte. Si nombrar a la madre es injuriante es porque está prohibido. Para Lacan la madre no se nombra, porque es una presencia natural, tan entrañable, que supone que con ella se mantiene una relación de pertenencia indiscutible. En cambio, sí se nombra el nombre del padre. Se nombra al padre y a su nombre. El padre es aquel de quien se dice que le pertenecemos y que somos parte de él, porque no nos liga una relación natural, inmediata e indiscutible. El padre debe ser referido por eso. El nombre de la madre, en cambio, está prohibido porque es el nombre del deseo. Del deseo del padre. Mentadas de madre es un intento de decir ese deseo. Por eso se podría decir que en él no se habla tanto de la madre, como desde el lugar de la madre, que es también el lugar del hijo.
Pablo Guevara respecto a la vinculación que une al hijo con su madre desarrolla tópicos extendidos en la literatura y en la cultura. La madre es el centro, el mundo propio, el hogar, la tierra natal, la ciudad entrañable, el pasado. En oposición el padre se halla en la periferia, en otro mundo, fuera del hogar, en el exterior, en el extranjero, en la nueva ciudad, en el presente. No importa si el padre se halla ausente o haya muerto, este siempre es el presente. Lo desconocido, lo incierto, aunque represente la ley. El padre es significante de la norma y del orden en la actualidad, en cuanto las prescripciones y las prohibiciones son aplicadas o suspendidas en el ahora. La madre, en cambio, es el pasado que se deja, ligado con la naturaleza que la ley obliga a abandonar. Pero hay tres motivos o configuraciones que resaltan especialmente. La madre conectada a la ciudad antigua, cuya imagen y cuyo recuerdo remiten a lo propio y a lo familiar, respecto de la ciudad actual y moderna, que se asocia con lo ajeno y con lo extraño. La nueva ciudad en la que se convierte Lima es mundo de agresividad y de competencia desmedida e incomprensible, que en parte ya se halla en la vieja ciudad que parece llevar el germen de la autodestrucción, que aparece en la adicción al alcohol y al juego por parte de los hombres, pero que se define en su desorden por acción del imperio capitalista. El otro motivo es el del universo materno como espacio de lo teatral e incluso de lo cinematográfico, opuesto al universo paterno como espacio de lo circense y de la buhonería, de los mercachifles, de los vendedores de aceite de culebra que lo cura todo. La madre es parte de una tragedia o comedia cuya representación revela una verdad: lo real, lo imposible, lo insuperable que enfrentar. El padre, en cambio, es parte de una puesta escena elaborada para seducir con engaños en el mercado donde todo es vendible, hasta la inmortalidad. Por eso, el padre es personaje faustiano, en tanto que la madre si bien no alcanza posiciones de heroína de tragedia, y, en cambio, si de personaje secundario que de todos modos es redimida. Por último, está el lenguaje como presencia y como representación. En Mentadas de madre se intenta especialmente lograr un discurso poético alejado de las locuciones corrientes en la poesía como hemos dicho y en vez de ello acercarse a un habla corriente, tanto en léxico como en tonos, sin llegar a lo coloquial. Pero esa habla es la de las entrañas, el lenguaje materno del castellano limeño, que se opone al lenguaje paterno de los discursos oficiales.

Hemos dicho que mentar a la madre es decir su deseo, su deseo de ser deseada: en la interpretación de Pablo Guevara en este libro parece ser el deseo de un regreso a las fuentes de un cultura, que es la cultura limeña de la primera mitad del siglo XX, que aparece en la figura de los cines, del teatro, de los carnavales, de las celebraciones familiares, del lenguaje.


*Guevara, Pablo. Mentadas de madre. Lima, Fondo Editorial de la UNMSM, 2008.

3 comentarios:

Carlos García Miranda (Lima, 1968) dijo...

Hola Santiago. Un gusto encontrarte por aquí con este espléndido texto sobre nuestro entrañable Pablo. Espero que sigas posteando para continuar leyéndote.
Un saludo,

Carlos

Camilo Fernández Cozman dijo...

Hola, Santiago. Me gustó el ensayo. Empleas las categorías de Lacan con rigor, pero sin rigidez metodológica. Me pareció muy fluido el texto. Espero que publiques tus textos sobre Mariátegui.

Post dijo...

Raùl Jurado Pàrraga
Un buena forma de volver a escuchar sus clases. La verdad sus apreciaciones desde sus lecturas me son aleccionadoras para mis clases.
Un abrazo desde la Cantuta